El monstruo lo abarcaba todo, cada uno de los recónditos y
oscuros parajes que son ahora suyos habitan en él. Todas las huestes de héroes,
aliados y misiones de destrucción secretas habían fracasado, yo había protagonizado
cada una de estas iniciativas para acabar con él, aislarlo o tan siquiera
contenerlo pero ya no servían para nada. Sólo quedaba yo, el siniestro horror y
un micro pueblo de duendes que habían sobrevivido a todo, estos ignorantes vivían
en una flor dentro de un páramo desolado, se encontraba entre el esqueleto de
un desafortunado soldado del cual no recuerdo el nombre.
Miré a la bestia confuso, pero ya pasé la etapa de entenderla,
sólo quedaba la espada del Dueño y la armadura contra la bestialidad y la idea
de abarcarlo todo. Así que preparé el último ataque quinientos mil cuatrocientos
ochenta, pues llevaba la cuenta de las veces que había pensado de que este
ataque sería el último. En mi calidad de inmortal, ya sólo me quedaba luchar
con esta criatura, todo lo demás ya era una sombra del pasado, aferrado al odio
cargué contra el monstruo que fácilmente se zafó de mí, me golpeó y me tiró al
suelo. Lo bueno de este monstruo es que siempre que luchaba con él y lo vencía
siempre, se olvidaba de que yo era inmortal, él se regeneraba una y otra vez lo
que lo hacía virtualmente invencible pero yo era tozudamente incansable,
sangrando por la nariz agarré mi espada y con ella en ristre atravesé la cabeza
de la maldita criatura que gritó, se revolvió y calló al suelo sin vida.
Yo, cansado, sonreí porque aunque sabía que mi final no
quedaba muy lejos pues volvería la criatura más fuerte que nunca, yo no podía
evitar disfrutar reventando la cabeza a esa maldita enfermedad salvando un días
más el pueblo de micro-nomos que existía en esta flor en paz y tranquilidad.
- Mamaaaa, el abuelo tiene otra vez esa sonrisa estúpida en
la cara y le brilla los ojos, me da miedo cuando se pone así.
- Bueno hija, decía mama con una media lágrima en los ojos,
deja que sonría que ya con el Alzheimer tiene bastante.
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